El termómetro social no miente: todo lo que huele a Murat está apestado

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Dr. Alexandro Guevara

El sonido del abucheo es, en política, el síntoma más puro y orgánico de una sociedad que tiene memoria. Lo que presenciamos durante la reciente visita de Claudia Sheinbaum a Oaxaca no fue un accidente acústico ni un exabrupto aislado de un grupo disidente, fue el veredicto sonoro de la esfera pública. La rechifla masiva contra Alejandro Murat confirmó lo que se respira en cada rincón de nuestro estado: el exgobernador simplemente no es querido en esta tierra y el repudio hacia su figura es un consenso generalizado.

Sin embargo, lo verdaderamente desconcertante del evento no fue el rechazo popular sino la reacción de Sheinbaum. Su intento por defender a Murat, escudándose en una retórica de unidad y conciliación, resulta completamente insostenible.

En el análisis estricto de la comunicación política, su argumento carece de validez porque choca de frente con la realidad histórica del estado. Es evidente que la defensa no nace de una convicción sobre la gestión del exmandatario sino de razones de fondo: pactos, acuerdos o cálculos estructurales que no están a la vista de la ciudadanía.

Pero al optar por este pragmatismo ciego, la mandataria cometió un error de lectura monumental. Al cobijar a una figura tan desgastada, Sheinbaum le dio la espalda a quien verdaderamente ha construido la legitimidad y la operatividad de su proyecto en el estado: el gobernador Salomón Jara.

Desde el primer día, Jara ha mostrado una disciplina institucional inquebrantable, asumiendo los costos, tejiendo los hilos sociales y cuadrándose de manera absoluta con el proyecto federal para garantizar la gobernabilidad en un estado históricamente complejo. Desestimar todo ese capital político y el trabajo territorial de Jara para validar públicamente a un personaje que representa el pasado que tanto dicen combatir es, por decir lo menos, una afrenta política severa.

Sheinbaum sin intensión de medir la profundidad del descontento social oaxaqueño. En la política, los símbolos importan y las lealtades no deberían ser de un solo lado. Murat representa una serie de agravios estructurales que los oaxaqueños no están dispuestos a perdonar simplemente por un decreto o una petición de civilidad desde el micrófono federal.

Si el pueblo abuchea, es porque el agravio es real y la herida sigue abierta. Minimizar ese descontento genuino para proteger a un aliado de conveniencia cupular es un fallo grave. Es, además, un mensaje de profunda ingratitud hacia quienes, como el gobernador Jara, han hecho el verdadero trabajo de base para sostener el movimiento. El termómetro social de Oaxaca no miente, y quienes operan desde el centro harían bien en aprender a leerlo antes de pedir aplausos para quienes solo merecen rechiflas.