Canto del Guetabraco*

Escrito por Nidia Esteva*.

reloj cuica

A Don José Esteva Vera en vida

Imaginar la cantidad de años que guarda el lugar dónde vives y en mi caso con el que guardo un sentido de identidad profundo es el principal motivo para escribir acerca de Cuicatlán, quizá también el sueño de guardar en la memoria colectiva de los lectores algunas historias que hagan pensar en los cientos de años y anécdotas que guarda la tierra del canto. Probablemente el único testigo sea el cerro Guetabraco que describe Don Juan Gallego en 1580, cuando vino a ver estos territorios que serían a partir de la conquista parte del Obispado de Antequera.

Ante la magnitud de la naturaleza nada hecho por la mano del hombre puede competir, pero trataré de dibujar la imagen hermosa de los techos de tejas que sobreviven al concreto y algunas casas de adobe que no se han dejado vencer por el cemento; sobresale en el centro de un lugar rodeado de un paisaje semidesértico la torre del pueblo, que guarda el reloj que marca un tiempo que corre a destiempo en Cuicatlán.

Hace tres años pude oír un par de veces la historia de la torre del pueblo que mi abuelo me compartía con detenimiento, sigue diciendo que merece una placa que guarde su fecha de nacimiento, le pregunté ante mi admitida distracción que me contara cómo la construyeron.

En la comunidad de los años veinte en la que vivió su adolescencia mi abuelo, describe un pueblo con menos habitantes, sin luz, cita a un habitante que tuvo la idea de construir la torre, su nombre Abelardo Gómez Guevara, quien tras un golpe al poder se apodero de la Presidencia Municipal en noviembre de 1929 y en 1930 comienza la construcción de dicho referente material que hoy sobrevive en el tiempo y forma parte del paisaje con el que hemos crecido. En aquella época no había dinero, así que tuvo que ser construida con la ayuda de todos los habitantes; así es, de mujeres y hombres que recurrieron a los rieles para concretar su estructura y cargaron serones de arena cumpliendo su fatiga, narra que llevaron piedras para llenar la base, los hombres ayudaron en la labor de albañilería, todos acercaban materiales para poder completar la edificación. Sorprende el acento que pone a la importancia del trabajo comunitario, el sentido de pertenencia que enfatiza en esa parte, cuando el pueblo quería un mejor lugar.

Cabe señalar que se calculan cuatro años de su construcción para quedar en obra negra y años después, sin poder citar fecha exacta ( lo cual a sus 95 años puede excusar para no recordar con precisión) fue Don Diódoro Carrasco Palacios quien gestionó la donación del actual reloj de la torre.

Aquí queda la historia del nacimiento de un lugar tangible que guarda una gran cantidad de historias que sólo viven en la pareja de enamorados que acordó verse para después robarse un beso, las miles de historias de quienes van al mercado y ahí se encuentran; en qué piensan y de qué hablan los adultos mayores que esperan que caiga el sol abrazador en aquella torre, el alivio que muchos campesinos toman a su sombra para respirar y sentarse una hora que para ellos son como quince minutos (por eso digo que en Cuica el tiempo es a destiempo) y seguir su camino a casa después de una larga jornada de siembra o riego.

La breve crónica de la testigo inmóvil de los años de gran cosecha del mango y el chilhuacle, de la solidaridad de sus habitantes y la indiferencia de las políticas públicas, del calor del corazón de una población que no debe dejar morir su historia.


Serón: cesto grande de material flexible que se coloca sobre animales de carga.
Fatiga: jornada de servicio prestada a la comunidad
Guetabraco: Monumental cerro de color rojo que se aprecia a la entrada de la población

*Nidia Esteva, Presidenta de Amigos Cuica- Paleui A.C.
Foto: Reyna Esteva

A Don José Esteva Vera en vida